Alejandra Pizarnik: Una Voz

15 de febrero de 2009

El Absurdo como relación (parte III)

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....................Ella tenía 18 años. Yo le doblaba la edad- podía ser un personaje de Valle Inclán o una presencia edónica de Francisco Delicado. Cuando se lo dije (ella no me entendió) quiso esbozar una respuesta que quedó en sus labios. Arqueó los hombros y sonrió. Recordé entonces que H.G. Wells, el autor de La máquina del tiempo, se había enamorado de su alumna, Amy Catherine Robbins cuando él era profesor de biología en la Escuela de Ciencias, de Londres. Me tranquilicé a mí mismo recurriendo a la experiencia que dan las letras cuando éstas lo deslumbran a uno.
Ya era muy tarde cuando nos fuimos de la Real. Nos dirigimos hasta Avellaneda, y la dejé en el número 114 de la calle Lambaré, la casa donde “su vieja rezongona” estaba dispuesta a pelearla en cualquier momento y por cualquier motivo.




..............Entró hojeando el libro de Tristán Tzara y se dio media vuelta para decirme que iba a “estudiar a fondo” la obra de un autor como él, que se expresaba con tanto desparpajo sobre la literatura de su época.




............Me acerqué más a la puerta y olvidando la despedida, le referí algunas curiosas anécdotas de Tristán Tzara. Aquella por ejemplo, en que una admiradora, después de una conferencia en Zurich, le extiende el libro de Racine y le pregunta qué opinaba del autor.
Tzara leyó el título y lo arrojó hacia un costado por encima de otros concurrentes, mientras decía, contrariado: “¡Merde, merde! Esto no es para leer.”
Alejandra se echó a reír, y yo agregué algo más mezclando las extravagancias del dadaísmo con el surrealismo.



...............Recordé aquella exposición en que los asistentes debían entrar a través de un boquete abierto en un mingitorio. Y una vez dentro, destruir las obras con todo lo que uno tuviera a su alcance. Eran las palabras y la acción en una unidad inapelable. Si dadá no era nada, si dadá era un producto farmacéutico para imbéciles, nada mejor que negarlo todo y aun la misma existencia.



.............Alejandra reía. Hojeaba el libro y me miraba. El profesor se diluía. Se convertía e un “amigo más”. O en algo más profundo, cuyos límites (o ilimites) iba a demarcar el tiempo.

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Juan Jacobo Bajarlía

(Alejandra Pizarnik, anatomía de un recuerdo)
Dibujos: Alejandra Pizarnik

4 comentarios:

ade dijo...

- Que vida la de esta poeta, es maravillosamente bien condimentada. Segui que te sigo.Un beso. Ade

Sink dijo...

1º exelente cambio de banner, le da un toque al blog
2º Absurdo seria negarse a que cuando el corazon late, no importa que edad sea, ya sea en la poesia, literatura, fansia, etc.

Regards..

Lolita y El Profesor dijo...

¿Absurdo? ¿Por qué? Lo mío podría ser aún más absurdo y sin embargo pareciera que cuatro décadas de diferencia no es nada si realmente existe amor...

Besos

Lolita

V. dijo...

La poesia se resume en el silencio
mi alusinada amada en alejandra.